El Gran Carlos Albert

Columna invitada de Héctor Huerta.

Conocí hace más de 40 años a Carlos Albert Llorente por la vía de la admiración.

Prácticamente iniciamos al mismo tiempo en los medios de comunicación, en 1978. Sin conocernos en ese entonces, cada cual empezó a trazar su ruta de viaje por el periodismo deportivo.

Él fue invitado por José Ramón Fernández a integrarse en su equipo de analistas para el Mundial de Argentina 1978, ya siendo ex futbolista y cargando en su uniforme la condecoración de guerrero imbatible al querer formar un sindicato de futbolistas que le dejó, entre otras heridas de batalla, el ser despedido como jugador profesional. Ahí nació mi admiración: a veces hay que sacrificar tu carrera por un bien mayor.

Carlos siempre tuvo claro que el gremio estaba por encima de sus intereses personales. Era un activista en pantalón corto, un idealista integral. En esa etapa conoció la lealtad de unos pocos que se sostuvieron en la lucha. Y conoció también la indiferencia, apatía, miedo y falta de conciencia gremial de la mayoría de los futbolistas mexicanos, enfermedad que todavía tiene carcomina la estructura gremial, tal como se ve en el temor de los jugadores actuales, en la defensa del derecho al ascenso y descenso automático en la Liga de Expansión.

Una vez expulsado del futbol, Carlos sabía que tendría que dedicarse a otras tareas, como lo hizo toda su vida, para que el futbol no fuera su única actividad. Emprendió negocios de lo más diverso y cuando lo invitaron a Imevisión tomó la causa como suya. El enemigo era Televisa. Lo tuvo claro. Y se puso la armadura de guerrero de nuevo. Y en su nueva faceta de comentarista de televisión sorteó decenas de batallas contra los gigantes de la injusticia, la mentira y la simulación.
Carlos fue siempre directo, al grano, sin filtro.

En aquella época de la televisión, Carlos era uno de los pocos guerreros. Alcanzo a vivir el mundo de las redes asociales y ahí también fraguó peleas épicas, hasta que la enfermedad lo obligó a un doloroso retiro. Había dejado tal legado, que al fallar la memoria, su familia cuidó la imagen que había dejado durante décadas y le pidió un receso.

Carlos invitó a sus amigos a un desayuno para agradecer y en plena pandemia llenamos el restaurante para expresarle nuestro respeto, cariño y admiración.
Luego algunos otros más cercanos lo acompañamos en medio de sus seres queridos para celebrar sus 80 años de vida.

Con una gran personalidad y un porte de guerrero indomable, Carlos Albert sorteó decenas de momentos épicos en duelos personales contra molinos de viento con nombre y apellido. Y lo hizo como roble en medio del huracán, sin doblarse, cara a cara, aunque en el camino se llevara más de algún raspón.

La admiración me llevó a visitarlo en la ciudad de México. Conocí al personaje y a la persona. Carlos en pantalla se transformaba porque al ponerse le traje de guerrero tenía que cambiar. Afuera del set era una persona dulce, cálida, muy cariñosa. Y si te ganabas su amistad, te integraba a su selecto grupo de leales. Porque para Carlos la palabra lealtad era como su piedra filosofal.

Cruzamos juntos muchas batallas periodísticas y nunca flaqueó ni se torció. Lo mantenía firme su integridad personal. Juntos recibimos a socios de la Cooperativa La Cruz Azul en su lucha contra la dictadura de Guillermo Álvarez; venían pequeños grupos de trabajadores y socios de Ciudad Cooperativa con documentos, escritos, fotos y denuncias que nadie quería escuchar. Buscaban a Carlos y Carlos me llamaba a mi para recibirlos, varias veces, en hoteles, restaurantes. Eran desayunos de 10, 15 o 20 personas, a veces solos y en otras ocasiones con abogados. Carlos nunca les permitía pagar el desayuno. Nos turnábamos para la cuenta. Entendía que eran trabajadores reclamando derechos y denunciando un mal liderazgo en su empresa. Y recibíamos centenas de documentos, denuncias, pruebas, grabaciones.
También vivimos episodios juntos en el caso de los «cachirules» de finales de los ochentas. Compatimos mucha información.

Luego vino su entrada a ESPN, donde vivimos otros años de lucha juntos, cada cual con su armadura, usando distintos métodos para el combate, pero manteniendo siempre una línea de conducta profesional firme.
Le vi dudar cuando llegó a la empresa José Ramón Fernández, con quien le unía una vieja rivalidad. Los jefes aligeraron la carga de ambos reuniéndolos en privado no para zanjar las diferencias, sino para que pudieran convivir en aras de una mejor calidad de contenidos. Eran dos pesos pesados que podían ser muy útiles y marcar una época, como lo hicieron en Futbol Picante.

Su relación terminó muy suave y diría que hasta afectuosa, al grado que uno de los más afectados con su partida fue el propio José Ramón, como lo expresó en sus redes sociales.
A mí me dolió mucho su salida de ESPN. Era una baja sensible para el proyecto. Y una importante pérdida en el equipo de guerreros al servicio de la profesión. Pero Carlos siguió adelante con otros proyectos, respaldado siempre por su esposa Guille, que estuvo ahí con él hasta el final.

También nos tocó convivir a nivel familiar en su cálida casa de Valle de Bravo, un espacio propio para seguir alimentando una amistad que nació desde el día que nos conocimos.

Este martes por la tarde recibí el golpe seco de su partida. Se nos adelanta un hombre de convicciones, de lucha. Yo conocí su integridad plena, su absoluta certeza de luchar todos los días contra la injusticia. Buscaba un futbol mexicano limpio, transparente, justo. Y veía a cualquier personaje que hacía daño con su conducta dentro del futbol como un enemigo personal. No había causa de injusticia o falta de aplicación reglamentaria que no la tomara como propia.

Ese es el Carlos que se queda para siempre en el ánimo de sus seguidores: el del guerrero implacable.
Porque fuera de la armadura, el Carlos cálido, cariñoso, paternal y leal, ese me lo llevo en el corazón para lo que me reste de vida.

Tu familia, tus amigos, tus admiradores te vamos a extrañar mucho, Carlitos.
Yo te voy a extrañar más.

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