-Columna invitada – Javier Rojas
Se acabó el sueño y se terminó la fiesta del Mundial para nuestro país. Sin embargo, a diferencia de otras ocasiones, el dolor de la eliminación de la Selección Mexicana está acompañado por la resignación, porque el equipo dio todo lo que tenía ante Inglaterra, cayó con honor ante una selección top, lo que no sucedió en la mayoría de las despedidas de un Mundial.
La actuación del Tricolor debe quedar guardada entre las mejores por la sobresaliente fase de grupos, consiguiendo por primera vez la marca perfecta y por ese invicto en la portería que cayó hasta anoche al minuto 36, dejando la racha en 396 minutos sin recibir gol en la Copa del Mundo.
No obstante, también se tiene que analizar lo que falló anoche: la salida incomprensible de Julián Quiñones, el terminar con tres centros delanteros sin recibir un buen pase durante los diez minutos finales de centros estériles. El equipo ofreció una batalla fragorosa con lo que tenía y es en este tipo de partidos donde se ve cuánto se ha crecido durante cuatro años, quedando una vez más en evidencia el estancamiento deportivo más allá del discurso federativo.
El camino fue muy bonito, un poco más largo, pero terminamos en el mismo lugar que ocupamos desde hace 32 años, y nos obliga a voltear al mismo lado: la baja competitividad de nuestra liga, al play in y el no descenso ni ascenso, que a su vez provoca el estancamiento en las categorías inferiores, pero sobre todo el abandono a las ligas infantiles y juveniles a nivel amateur en todo el país.
Los niños y jóvenes que pertenecen a las fuerzas básicas de algún equipo profesional tienen una vía de acceso, pero el resto no, y ahí es donde se pierden muchos prospectos. Mientras no haya cambios en estos temas y en la formación profesional de los jugadores, la historia se repetirá.
Pese a todo esto, pese al dolor, la eliminación nos deja una sensación rara porque se mezcla con alegría. Es cierto que la Selección se quedó en el mismo lugar, pero consiguió algo que quizá necesitábamos más en este momento: unir al país y que volviera la alegría a la gente después de tantos meses y años con problemas que, también hay que decirlo, no han desaparecido.
La Selección y el Mundial se convirtieron en el gran distractor y la gran motivación para que la gente saliera a las calles o a trabajar con la camiseta de la Selección, para que los niños tuvieran ese sentido de identidad y pertenencia. Ha sido realmente agradable observar calles, negocios y aeropuertos, entre muchos lugares, con adornos alusivos al Mundial, pero sobre todo disfrutar de las ocurrencias del público en las celebraciones, lo que convirtió a México en la sede más festiva cautivando a los visitantes, sin olvidar los lamentables sucesos antes y después del partido contra Ecuador.
Ese fue el verdadero éxito de la Selección y del Mundial. Si los directivos saben capitalizar todo este entusiasmo y realmente se preocupan por elevar el nivel deportivo de la liga, encontrarán mayores beneficios comerciales y este Mundial será un parteaguas.
Si actúan como siempre, sólo quedará en una buena anécdota, en un hecho aislado, en un éxito solo de quienes consiguieron la sede y sería una oportunidad irrepetible.