Revelan cómo era la relación de Ignacio Rivero con el cuerpo técnico de Larcamón; ¿incentivaron su salida?

La salida de Ignacio Rivero de Cruz Azul, a punto de consumarse rumbo a Xolos, no solo responde a un ajuste reglamentario para liberar una plaza de No Formado en México, sino también a un trasfondo institucional que aceleró su adiós. En un club con una de las nóminas más competitivas de la Liga MX, la abundancia de jerarquías comenzó a generar tensiones internas. Los casos de Rivero y Ángel Sepúlveda, dos referentes de peso en el vestidor, evidenciaron que la acumulación de liderazgos no siempre se traduce en títulos; y en La Noria, tampoco fue la excepción tras un semestre sin la ansiada Décima estrella.

De acuerdo con fuentes cercanas al club, Rivero mantuvo posturas críticas hacia decisiones tácticas de Nicolás Larcamón durante la liguilla, mismas que compartió con Sepúlveda antes de su salida a Chivas. La gestión del estratega argentino, marcada por planteamientos discutidos como relegar a Paradela y a Charly Rodríguez en momentos clave de la serie ante Tigres, generó incomodidad no solo en la afición, sino también en líderes del plantel. Esos cuestionamientos, más que un acto de rebeldía, reflejaron la necesidad de los veteranos por entender un modelo que, pese a recibir respaldo total de la directiva, no terminó de convencer a todos desde la trinchera interna.

Larcamón, aun bajo escrutinio, continúa firme en el cargo con la confianza de la dirigencia encabezada por Víctor Velázquez e Iván Alonso, quienes han priorizado su continuidad y la ejecución de su idea futbolística. La búsqueda de equilibrio deportivo llevó a aceptar la salida del uruguayo, pero también a reforzar la medular con nombres solicitados directamente por el técnico, como Agustín Palavecino. Ese movimiento confirma que la institución apostará por consolidar el proyecto, aunque ello implique sacrificar voces de mando que no encajaban del todo con la visión del cuerpo técnico.

El reto inmediato para Cruz Azul será doble: reconstruir un vestidor que perderá a su capitán más influyente y reacomodar una plantilla diseñada para competir en múltiples frentes. Rivero deja un legado de entrega, liderazgo y títulos, pero su adiós también marca el cierre de un ciclo donde la relación entre jerarquías y dirección técnica terminó pesando en la ecuación final. Ahora, La Máquina deberá reencontrarse consigo misma para sostener la exigencia de un 2026 que no permitirá margen de error, ni en la cancha ni en el vestidor.

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