Cruz Azul arranca 2026 con la urgencia de legitimar su proyecto y, sobre todo, de consolidar una zona que históricamente ha marcado la diferencia en Liga MX: el mediocampo. Tras un Apertura 2025 lleno de contrastes, donde los buenos resultados ante Toluca y América convivieron con tropiezos que dejaron cicatriz —como el 0-7 frente a Seattle Sounders en Leagues Cup—, la directiva celeste entendió que el siguiente paso no era retocar el plantel, sino elevarlo. Y en ese diagnóstico, el nombre de Agustín Palavecino aparece como el punto de inflexión.
Aunque la operación aún no se ha oficializado, las negociaciones con Necaxa han tomado ritmo en las últimas horas. La Máquina está dispuesta a mover piezas internas para cerrar un traspaso que no solo reforzaría al equipo, sino que también enviaría un mensaje de autoridad al resto de la liga. La posible salida de Mateusz Bogusz —quien ha forzado su partida desde la pretemporada— abriría una de las plazas necesarias de extranjero, mientras que la llegada de Miguel Borja exigirá liberar un cupo adicional. En ese complejo ajedrez administrativo, Palavecino es visto como la recompensa que lo justifica todo.
El mediocampista argentino no llega con etiqueta de promesa, sino de realidad comprobada. Su 2025 fue uno de los más sólidos en el fútbol mexicano: regularidad, pausa, orden y continuidad. Virtudes que para Larcamón no son complemento, son base. En un equipo que sufrió intermitencia colectiva, la constancia de Palavecino destaca como argumento irrefutable. No es un volante de destellos; es un volante que sostiene proyectos, que estabiliza ritmos y que entiende los tiempos del juego como pocos en el torneo local.
El mediocampo que imagina Larcamón no es solo profundo, es inteligente. Si el fichaje se concreta, Cruz Azul tendría —sin discusión— la mejor zona de mediocampo de la Liga MX: Charly Rodríguez como líder jerárquico y termómetro del equipo; Erik Lira como ancla táctica, equilibrio y recuperación; Jeremy Márquez como mixto de llegada, ruptura y sacrificio; Luka Romero como creatividad pura en espacios reducidos; José Paradela como talento diferencial entre líneas; y Palavecino como el conector que convierte nombres en funcionamiento. Una combinación de control, agresividad sin balón, creación y productividad ofensiva que ningún rival igualaría en variedad y lectura del juego.
Porque ahí estuvo el mayor pendiente del semestre anterior: la desconexión. Paradela fue obligado a crear, acelerar y resolver sin acompañamiento constante, y su fútbol individual no siempre alcanzó para unir al equipo. Palavecino no solo aliviaría esa carga, la redistribuiría con sentido. Su llegada permitiría conectar a Paradela con Gabriel Fernández, habilitar a Charly y Jeremy para irrumpir desde segunda línea y ofrecer a Cruz Azul algo que no tuvo en 2025: dominio sostenido. Más que un fichaje, sería la declaración definitiva de un club que no solo quiere competir: quiere controlar, protagonizar y ganar desde la mitad del campo. La Máquina no solo está buscando un nombre; está buscando un nuevo punto de partida. Y 2026, si Palavecino firma, puede ser el año donde Cruz Azul vuelva a mandar en la Liga MX desde su mejor versión: la que nace en el mediocampo.